El 29 de mayo se celebró en todo el mundo el Día Internacional del Diseño de Interiores.
El tema elegido este año por la Federación Internacional de Arquitectos y Diseñadores de Interiores fue “El diseño como conversación global“.
Una elección casi profética, considerado el enfoque global al que la pandemia nos ha acostumbrado.

El diseño de interiores debe entenderse como un “importante conector”, escribe en la página dedicada al evento la autoridad global del sector.
Fundada en 1963 y estructurada como una federación de todas las organizaciones de arquitectos y diseñadores, la IFI es una importante plataforma para el intercambio y la formación global.

Así, en su página, la federación invita a cada persona y organización a celebrar el día internacional del diseño proponiendo a su propia ciudad adoptar la “Declaración de Interiores de Ifi“.
La declaración se presenta como portadora de una “misión”, difusora de “valores” globales, compartidos unitariamente por el mundo del diseño.

Una declaración global de valores: ¿de qué se trata?

Presentada por primera vez en Nueva York en 2011 en el encuentro titulado “Design Frontiers: The Interiors Entity (DFIE) Global Symposium“, la declaración representa una novedad en el sector y ha sido aprobada en principio por un centenar de delegados de treinta países.

Entre las frases de la declaración es inevitable notar algunos temas “calientes” de la agenda política global.
Por eso también es inevitable subrayar que la agenda política global no es necesariamente la agenda de todos, sino la agenda impuesta por quienes tienen el poder de administrar la agenda, para bien o para mal. Así como una declaración global.

“Usamos el espacio de manera responsable”, dice la declaración, “Practicamos nuestra profesión con el mayor respeto para emplear los recursos económicos y naturales del mundo de una manera sostenible. Diseñamos para la salud, la seguridad, el bienestar y las exigencias de todos. La Humanidad es nuestro cliente final, por la que diseñamos“.
Aquí está la sostenibilidad, un tema en la cima de las preocupaciones científicas y políticas de los últimos años, una tendencia creciente también en el campo del diseño.

La declaración, que también se refiere a la “ecología humana y ambiental“, continúa con otro propósito interesante:
“En un mundo global, el diseño de interiores y la arquitectura deben jugar un papel para facilitar el mantenimiento de la diversidad cultural“.

Este propósito nos gusta mucho.
Pero no podemos olvidar que el mismo proceso de globalización apunta en otra dirección.
La globalización ayuda a la circulación de ideas, mejoras, evita el aislamiento y el cierre cultural.
Pero, de hecho, inevitablemente estandariza la realidad y la cultura.
Con la globalización, los modelos de referencia cultural, que guste o no, están disminuyendo progresivamente.
El proceso natural de macro-dimensionamiento multisectorial que es la globalización, ya nos ha acostumbrado a las organizaciones y decisiones a escala global. Por eso, la misma declaración incluye contenidos de valor considerados como absolutos y globales, aunque no lo sean.

El espacio y nosotros: ¿hay una respuesta “global”?

Por otro lado, ciertamente es de otro nivel una de las primeras frases de la declaración:
Está en la naturaleza de la Humanidad no solo usar espacios, sino llenarlos de belleza y significado“.
Si bien esta es también una declaración de principios, su veracidad parece mucho menos relativa.
Pero inmediatamente lleva a una pregunta: “¿Por qué? ¿Por qué lo hacemos?
También en este caso, las posibles respuestas parten de cosmovisiones y filosofías completamente diferentes.

En la declaración, protagonizada por un diseño que mira a “traducir la ciencia en belleza“, quizás haya una respuesta a esa pregunta.
¿Pero puede ser esa la respuesta global?
¿Es posible dar respuestas globales a determinadas preguntas?

Porque, como explica IFI, “En los espacios que son importantes para nosotros, experimentamos no sólo un sentido de lugar, sino un sentido de quiénes somos y de lo que podemos ser“?
¿Qué hay entre nosotros y el espacio?
¿Qué nos une al lugar donde nacemos, a sus paisajes, a la casa en la que vivimos toda nuestra vida, a la que construimos para nuestro futuro?
¿Somos también un poco el lugar donde nacemos y las cosas de las que nos rodeamos?

Si es así, ¿puede haber una declaración global de valores de diseño?
¿No son esos valores el resultado de la interacción entre lugares, espacios, valores y personas en sus especificidades?

Nos lo preguntamos no sólo por razones especulativas.
Es que también hay otro tema bien conectado al precedente, que se ha puesto muy de moda con la pandemia: la llegada de una nueva era y la necesidad de cambios radicales.
Casi siempre las respuestas que leemos implican un futuro globalizado y una idea de “nueva normalidad” que parcialmente nos preocupa.

Por lo general, cualquier cosa es ambivalente: es difícil encontrar en la naturaleza un fenómeno que sea solo bueno o malo. Este es el caso del proceso de globalización económica, de valores y de cualquier cambio radical.

¿Cómo se verá la nueva normalidad?

Pero, considerando que se habla mucho del diseño como un medio para conectar personas y culturas, nos inquieta encontrar el concepto de nueva normalidad asociado casi exclusivamente a lo que parece más bien un futuro distópico.

Nos inquieta leer artículos que promocionan con entusiasmo ideas como la de un elegante restaurante de Ámsterdam que ofrece mesas encerradas, parecidas a un invernadero semi sellado para dos personas, a las que ni siquiera el camarero puede entrar; estudios de arquitectura italianos que diseñan plazas donde las personas tienen que caminar en línea recta como robots y debidamente distanciadas; parejas comiendo en un restaurante envueltas en conos de plexiglás individuales; gente que practica yoga aislada en burbujas de plástico aireadas.

Es esta la nueva normalidad?
Nosotros, que creemos realmente en la diversidad y la conexión entre las personas, imaginamos si una Nueva Era, la imaginamos ecológica y funcional pero siempre y más que nunca humana, aunque esto quiera decir no ser perfectos como máquinas.

Emmanuel Raffaele Maraziti

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